top of page

Las vacaciones en que vi mi muerte pasar de cerca

Karina Sánchez Herrera

Un viaje planeado sin mi voz, lleno de errores, miedo y lecciones que jamás olvidaré.

El plan inicial

Era fin de año, y aunque todos se preparaban para las fiestas, para mí solo era otro viaje impuesto. Sin consultar, sin preguntar, me dijeron:

“Para Navidad vamos a Huatulco.”

 

No hubo discusión; dije que sí, porque así era siempre. Nunca se tomaba en cuenta mi opinión, y yo tenía solo que decir que sí y no esperar más.

 

Unos días después intentó cambiar el plan, por una situación familiar. Me negué.

“Dijiste que íbamos a Huatulco.”

 

Su cara de fastidio apareció, esa misma que conocía bien. Ya no dijo nada más.

No había espacio para diálogo. Sus palabras eran simples comentarios sin intención, como decir “la noche está oscura” y nada más. Yo sabía que tenía que seguirle el juego, sin cuestionar ni participar.

El viaje comienza

Salíamos en la madrugada, o eso habíamos planeado. Pero antes nos detuvimos en una fiesta de la colonia. No esperábamos quedarnos hasta tarde; dormimos apenas un par de horas. Yo me quedé despierta, preparando las cosas, asegurándome de que todo estuviera listo. La hora de salida se pospuso dos horas más. Ya olía a desgaste.

El trayecto fue largo y agotador. Pasamos por el centro de Oaxaca a comer, pero la ciudad estaba bloqueada por las fiestas decembrinas. Calles cerradas, tráfico espeso, un caos que nos robó más horas del viaje.

La carretera que debíamos tomar era nueva, no aparecía en los mapas ni en el GPS. Nos guiábamos por indicaciones, pero la gente, ya sea por ignorancia o mala intención, nos daba datos erróneos. Nos perdíamos, confundíamos señales. El calor golpeaba fuerte y el avance era lento, casi nulo.

Le pedí que paráramos para pedir indicaciones claras. Lo hizo, pero con fastidio. Cuando llegó la patrulla, el acompañante bajó, pidió ayuda y volvió con respuestas vagas. Traté de entender para tomar el control de la ruta como copiloto, para no ir a ciegas, pero solo recibí murmullos, y un

“tenemos que ir hacia Puerto Escondido.”

Nada más. ¿A lo que le respondí no te entiendo, lo puedes repetir?, a lo que contestó: “yo tampoco” y eso fue todo.

Un bloqueo en la carretera nos hizo detenernos horas bajo el sol ardiente. La paciencia se agotaba.

Seguimos, sin certezas, hasta encontrar una bifurcación. Tomamos el camino que indicaban y, aunque no era el más seguro, parecía la única opción.

Los errores en la carretera

Salimos de esa carretera y pronto me di cuenta de que íbamos en dirección contraria. Lo dije varias veces, insistí en que algo no estaba bien, pero su respuesta fue silencio, enojo y el muro de indiferencia que siempre ponía al no aceptar que estaba equivocado.

 

Le pedí que paráramos para revisar el mapa, y aunque lo hizo con desgano, fue la única manera de salir de ese error. Él aseguraba conocer la ruta

“como la palma de su mano,”

pero yo no podía confiar en eso y como siempre me dio el avión porque ni siquiera vio el mapa. Yo no había pasado en los últimos años por allí, pero sí siempre tengo sentido de orientación, lógica, e inteligencia y sabía que algo no encajaba.

La carretera en la que estábamos no era la vía rápida que decía. Era una federal de doble circulación, sin luces, se percibía un olor a mar y una brisa salada que entraba por la ventana, lo que indicaba que el mar estaba muy cerca. Se lo comenté, pero él negó todo, insistiendo en que estábamos en la super vía.

 

La noche peligrosa

El sol empezó a ocultarse y la noche cayó. Él aceleraba como si esa carretera fuera su pista personal, ignorando topes, baches y el tráfico que venía en sentido contrario. La velocidad y la imprudencia crecían con cada kilómetro.

Cuando se quitó los lentes, mi corazón se hundió. Sabía que el peligro era inminente.

He buscado adrenalina en la escalada y el alpinismo que había practicado años antes, pero nada se compara con ese momento. La muerte se sentía cerca, rozando cada instante.

Un choque frontal, una curva oculta, un voladero, una casa que no podíamos ver o una persona atravesando la carretera… Cualquier error podía ser fatal.

La lección

Después de más de 16 horas de un viaje que parecía interminable, llegamos por fin. Mi cuerpo temblaba, mis manos sudaban, y el corazón me latía con una fuerza que casi podía sentir en el cuello.

Bajé del auto y estuve a punto de besar el suelo. Solo quería agradecer por seguir viva, por poder respirar después de haber sentido la muerte tan cerca.

Ese día entendí que la vida puede ser frágil como una hoja, que la falta de comunicación y el orgullo pueden convertir un viaje en una pesadilla.

Me di cuenta también que no se trata solo de conocer el camino, sino de escuchar, de respetar, y de saber cuándo frenar y disminuir la velocidad.

Volví con la certeza de que no quiero más viajes donde el miedo gobierne y la palabra quede muda, ya que cada segundo podía ser el último.

 

Aprendí, con cada kilómetro y cada segundo, que la vida no se negocia, que merece ser vivida con atención y respeto, para uno mismo y para los que nos acompañan.

Las vacaciones en que vi mi muerte pasar de cerca

Un viaje planeado sin mi voz, lleno de errores, miedo y lecciones que jamás olvidaré.

Desde el principio, el plan no fue mío. Como en toda relación narcisista, mis deseos y opiniones eran irrelevantes; solo existía la voluntad del otro. “Vamos a Huatulco,” me dijeron sin consultarme, sin preguntarme si quería, sin importarle cómo me sentía. Era claro: yo debía acomodarme, callar y obedecer.

En el camino, esa falta de respeto se hizo más evidente. Cambios de planes sin aviso, decisiones unilaterales, y una constante sensación de que yo solo estaba de pasajera y de adorno, sin poder conducir ni siquiera el rumbo de mi vida. Mi voz era ignorada, mis observaciones desestimadas con silencios, caras de fastidio o el clásico “trato de hielo” que paraliza cualquier intento de diálogo.

La imprevisión, el desprecio por mi seguridad y la actitud desafiante mientras conducía rápido en una carretera que no conocía, fue una metáfora brutal de la dinámica narcisista: la otra persona asumiendo el control absoluto, poniendo en riesgo no solo el viaje, sino también mi integridad física y emocional, sin importarles.

Mi insistencia por parar, pedir ayuda, revisar el mapa, no fue solo una cuestión de orientación; fue un intento por recuperar mi poder, por no dejarme arrastrar a la oscuridad del silencio y la indiferencia. Pero recibí respuestas evasivas, ignorancia, incluso el desprecio que caracteriza a quien solo se preocupa por su propio ego.

La ansiedad, el miedo y la sensación de morir en vida no solo vinieron del viaje, sino de esa relación donde tu valor se reduce a una sombra, donde tu seguridad depende del capricho de alguien que solo quiere volar… aunque eso te destruya a ti.

Cuando por fin llegué, con el cuerpo temblando y el alma golpeada, entendí que esa experiencia no fue solo un viaje físico, sino una lección dura sobre lo que significa vivir con alguien que no respeta tu voz, que te niega, que te pone al borde del abismo y te hace dudar de tu realidad.

  • Telegrama
  • TikTok
  • Youtube
  • Facebook
  • Twitter
  • Linkedin

Comparte tu experiencia

¿Dónde necesito mejorar?

Contáctame

¡Gracias por tu interés!

photo_9_2025-08-21_13-50-51.jpg
  • Instagram
  • Facebook
  • Twitter
  • LinkedIn
  • YouTube
  • TikTok
photo_6_2025-08-21_13-50-51.jpg

¡Gracias por tu mensaje!

photo_4_2025-08-21_13-50-51.jpg

Karina Sánchez Herrera

Mail: karinasanchezherrera@gmail.com 

© Desarrollado y protegido por Wix.com

Todos los derechos reservados © Karina Sánchez Herrera, 2025.

Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización

bottom of page