Karina Sánchez Herrera
Mi página personal

La Máscara de la homofobia
Karina Sánchez Herrera
Siempre me llamó la atención la manera en que hablaba con tanto desprecio de la comunidad LGBTQ+. Su veneno se disfrazaba de “moralidad”, como si al señalar lo diferente pudiera exorcizar un fantasma propio. Porque, ya se sabe: cuando alguien grita demasiado contra algo, suele ser porque lo lleva dentro, bien escondidito.
“¿No tienes alumnos normales?” solía decirme. O, “va a venir el vecino puto que le gusta que le den por detrás”. Y yo pensaba: ¿en qué le afecta lo que hagan los demás con su cuerpo? ¿Por qué tanto desprecio y desdén de las preferencias dispares de los demás?
Siempre he pensado que lo que a los demás les guste es muy respetable, si quieren ser unicornios, pegasos, plantas, perros, vacas, hipopótamos, si se casan con la muñeca inflable, con el autobús de la ruta X o con su perro, etc., pues es cuestión de cada uno, mientras no afecten mi vida, mis intereses, y sean ellos felices y no se metan conmigo está bien. ¿Qué importa si mis vecinos se aman de una forma distinta a la mía? Lo que a otros les da sentido merece respeto, aunque no lo entendamos.
Pero había algo más. Sus quejas, sus burlas y sus enojos parecían esconder un trasfondo invisible. Y no es solo intuición mía: psicólogos y expertos lo han señalado muchas veces. La homofobia extrema, dicen, suele tener raíces profundas en la represión familiar, en abusos no tratados o en traumas de infancia procedentes de la familia. Quienes no enfrentan esas heridas cargan un vacío que nada llena, y buscan completarse a través del control, del desprecio o de máscaras de perfección social y “probando” otras cosas para tratar de cubrir su insatisfacción y vacío, incluso algunos son pedófilos, esto en lo oscuro, detrás de las escenas donde no pueden ser vistos ni juzgados, pues su máscara en lo público su vida es perfecta, sin ningún sobresalto, todo es alta moralidad y buen comportamiento, seres modelo para la sociedad.
Todos sabemos que la vida real está llena de altibajos, la vida misma no es perfecta, comete un error y se autocorrige en la siguiente, y es precisamente eso, tener la capacidad de ver al interior y corregirlo, nunca comparándose con otros, sino consigo mismos, algo que de lo que estos seres carecen.
El homofóbico empedernido, controlador y lleno de inseguridades, en realidad se escondía detrás de la máscara más vieja del mundo: la de negar lo que verdaderamente es. Su grito no libera, encadena. No encadena a quienes critica, sino a sí mismo. Y ahí está su tragedia: vive huyendo de un secreto que no lastima a nadie más que a él.
Hay personas que hablan con odio de aquello que más temen reconocer en sí mismas. Levantan la voz contra lo “diferente”, pero esconden sus propias diferencias bajo llave. Se llenan la boca de moralidad, pero sus actos cuentan otra historia. La doble moral es refugio y prisión al mismo tiempo. Necesitan aparentar fuerza, pero tiemblan ante la posibilidad de ser descubiertos. Y cuanto más claman “eso nunca sería yo”, más evidente se vuelve su contradicción. No se trata de juzgar lo que cada quien es o elige ser… sino de la falsedad de quienes predican algo y practican lo contrario en la sombra.
La verdadera libertad no consiste en juzgar ni en disfrazarse de virtud, sino en atreverse a vivir sin miedo. El veneno de la hipocresía no destruye a quienes señalan… solo devora, lentamente, a quienes lo llevan dentro.
La Máscara de la homofobia
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El odio proyecta inseguridad: quien más critica a otros, suele estar ocultando algo propio que no acepta. La hostilidad externa es un reflejo de conflictos internos.
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La libertad auténtica es vivir sin máscaras: el respeto por las diferencias y la aceptación de uno mismo son la verdadera fuerza; fingir moralidad mientras se reprime la propia identidad genera prisión interna.
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La hipocresía es dañina, pero no para otros: el veneno de la doble moral y la máscara de perfección no encadenan a quienes son criticados, sino a quien los usa.
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Vivir y dejar vivir: mientras los demás no te hagan daño, sus elecciones son válidas y respetables. El foco debería estar en la propia integridad, no en controlar o juzgar la vida ajena.
En resumen, la moraleja sería algo así como:
El veneno que lanzas contra otros, si nace de miedo o represión, termina devorándote a ti mismo; la verdadera libertad es aceptarte y dejar que los demás sean quienes son.

