Karina Sánchez Herrera
Mi página personal
"El planeta de las cuchillas emocionales"
Karina Sánchez Herrera


Estábamos dentro de una atmósfera densa y corrosiva, como si Venus hubiese engendrado un hijo oscuro. El aire tenía una textura aceitosa, difícil de respirar, y la piel ardía con solo estar expuesta.
Alrededor, el terreno se extendía como un páramo blando y cenagoso. De pronto, se abalanzaron sobre nosotros unas criaturas repulsivas: garrapatas gigantes, con cuerpos rojo oscuro intenso donde se translucían sus órganos y con ojos vacíos. Eran más rápidas de lo que debían ser, y al clavarse en la carne, convertían al huésped en una especie de zombi, un recipiente para incubar miles de otras garrapatas que salían como enjambres de su interior. A una amiga la infectaron, pero no murió: se transformó. Se volvió una figura imponente, la reina del enjambre, una líder que hablaba en murmullos químicos. Su ejército crecía a cada paso, y nadie podía detenerlo, su objetivo era destruir todo lo vivo no tóxico.
El cielo, al principio azul claro, fue cubriéndose por una neblina espesa. No eran nubes normales, era ácido clorhídrico en forma de bruma, que quemaba al contacto. Caía una nieve extraña, no era agua congelada, sino cristales de cloroformo y tetracloruto de carbono que al derretirse adormecían los sentidos, como si el planeta mismo quisiera sedarte y rendirte. Nos refugiamos en una estructura imponente, con la arquitectura gótica de un castillo transilvano pero tejido con un material vivo, palpitante. Por las paredes rezumaba ácido sulfúrico, y cada paso sobre los pisos soltaba vapores que disolvían los zapatos.
En el centro de ese lugar había un núcleo resplandeciente: un pozo profundo que brillaba con una luz verde amarilla atómica. Era uranio… o plutonio. Algo vivo. Algo hambriento. Algo poderoso. Entonces llegamos a la sala del rito. Nos dieron cuchillas finas, afiladas como la traición. No eran simples armas, estaban impregnadas con "sabores" o "emociones". Cada corte liberaba una sensación: nostalgia, rabia, placer, soledad. Era como una infección hemofílica, de un ritual de exploración y sanación obligada. Se nos ordenó —casi como parte de una ceremonia espiritual— abrirnos el cuerpo con ellas. No era opcional. El que se negaba, era obligado. No había escapatoria.
El interior eran como cuevas, las paredes eran chiclosas, pegajosas, blancas con vetas grises, de tipo arenoso como si el planeta estuviera hecho de carne y yeso. Todo sabía a metal y desesperanza. Habíamos ido hasta allá por alguna razón... ¿un viaje chamánico? ¿Una exploración? ¿una prueba del alma? ¿La búsqueda de un remedio para todos los males? No lo sabíamos. No estábamos seguros, teníamos que experimentar todo. Lo único cierto es que nadie volvía igual de aquel lugar, si salía vivo.... Y en algún rincón, más allá de la locura, yo sabía que todavía no habíamos visto lo peor.
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